Se acercó a la ventana y percibió con deleite el delicado aroma de los heliotropos que se movían suavemente con el viento; los había elegido en el mercado de frutos y semillas por su delicada flor en tupidos racimos de color violeta e intenso olor avainillado; recibió de lleno los rayos de sol sobre su cara y cerró los ojos… y por un instante, pareció detenerse el universo.
―¡Señorita… Señorita Mariah!… ¡buenos días!… ¿le gustó la vereda de piedra blanca que le hice rumbo al agua?―
La voz de Benjamin la regresó súbitamente a la realidad; ahí estaba, azadón en mano y sonriendo, con sus botas de hule y su overol caqui inconfundible, parado junto a las hostas de gran follaje aterciopelado en todos los tonos verde-azulados. Al parecer había plantado de todos los tipos, algunos de hojas con orillas blancas o doradas, otras de centro amarillo o verde muy pálido, de follaje ondulado y forma de corazón. Más allá, bordeando la casa hacia el jardín frontal, seguía el plantío de rosas, margaritas, cardos amarillos y azules, coprosmas rojos y verdes de brillo intenso, dalias y bugambilias, rododendros de flores lilas y rosadas, azaleas, lisiantus y petunias. Benjamin era experto en paisajismo pero el no lo sabía; se afanaba en sorprenderla cada mañana con un detalle diferente o alguna novedad.
―Buenos, Benjamin… si, si lo vi y ¡quedó muy lindo, gracias!―
seguirá…
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